jueves, 12 de julio de 2012

Nachtschatten


No puedo evitar sentirme así, siempre sucede no importa con quien, la eterna soledad se apodera completamente de mi ser, me invade y no puedo siquiera dar un respiro fuera de ella. Aquello que me sucede resulta tan familiar ya ¿Cuántas veces no habré sentido esto? ¿Cuántas veces lo seguiré sufriendo?
Mi gran defecto, mi obstáculo insuperable, mi bendita maldición…
Aún cuando me encuentro feliz de haberlos encontrado siempre llega, mi ser se invade de dolor, el endemoniado sufrimiento que daña mi alma y la vuelve añicos. No puedo siquiera fingir, no puedo… Al menos cambiar mi expresión, tampoco…
Me siento solo, realmente desahuciado, la tristeza, me hace desfallecer, y las sombras me consumen, me vuelvo uno con ellas, las sombras de mi soledad, mi alma envenenada, llena de coraje, hipocresía, malentendidos…
Desearía morir, renacer…

miércoles, 4 de julio de 2012

Ultimo Fragmento del Oyente, Sangre y Oro -Anne Rice-


—Te agradezco que hayas desgranado para mí esa larga y hermosa historia que me
ha atrapado desde el principio —dijo Thorne.
—¿De veras? —preguntó Marius con voz queda—. Quizás ahora me sienta atrapado
en mi odio hacia Santino.


»Mi alma todavía se resiente de las desgracias que he sufrido. No sé qué me causa
más dolor, si la pérdida de mi diosa o mi odio hacia Santino. Ella ha desaparecido de mi
lado para siempre. Pero Santino aún vive.
—¿Por qué no acabas con él de una vez por todas? —preguntó Thorne—. Te
ayudaré a encontrarlo.
—Puedo hacerlo yo mismo —contestó Marius—. Pero sin el permiso de ella, no
puedo destruirlo.
—¿De Maharet? —preguntó Thorne—. ¿Por qué?
—Porque es la más anciana de nosotros, ella y su hermana muda, y debemos tener
algún líder. Mekare no puede hablar, y aunque pudiera, es probable que no supiera
expresarse verbalmente. De modo que la que manda es Maharet. Y aunque se negara a
darme su autorización o a juzgar el caso, debo plantearle la cuestión.


—Creo que debo matar a Santino —murmuró—. Con los otros estoy en paz, pero
deseo acabar con él.
—Teniendo en cuenta lo que me has contado, me parece lógico —dijo Thorne.
—He llamado a Maharet —dijo Marius—. Le he informado de que estás aquí y andas
buscándola. Le he dicho que debo hablar con ella sobre Santino. 


Después de reflexionar unos momentos, Thorne se levantó del sofá y se acercó al
ventanal junto al que estaba Marius.
— ¿Has oído su respuesta a tu llamada? —preguntó sin poder ocultar su emoción—.
Deseo verla. Debo verla.
—¿Es que no te he enseñado nada? —replicó Marius volviéndose hacia Thorne—.
¿No te he enseñado a recordar a esas tiernas y complicadas criaturas con amor? Puede
que no. Pensé que ésa era la lección que habrías extraído de mis historias.
—Y así es —contestó Thorne—. La amo, te lo aseguro, en la medida en que es la
tierna y complicada criatura que has descrito, pero soy un guerrero, jamás estuve
destinado a la eternidad. El odio que tú sientes hacia Santino es comparable a la pasión
que yo siento por ella, y la pasión puede ser maligna o benigna. No puedo remediarlo.


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Thorne vio a Marius al otro lado de la habitación, sentado en un banco, y entonces
reparó en que junto a él estaba sentada una mujer bellísima de porte majestuoso. Sin
duda era Pandora. La reconoció por su cabellera castaña. Y al otro lado de Marius estaba
sentado el muchacho de pelo castaño rojizo que aquél le había descrito: Amadeo.
Pero había otra criatura en la habitación, un ser de pelo negro que sin duda era
Santino. Estaba cerca de Maharet, y cuando Thorne entró, hizo un gesto como para
apartarse de él; luego miró a Marius y pareció recobrar su postura inicial, tras lo cual se
inclinó hacia Maharet como implorándole, desesperado.
«Cobarde», pensó Thorne, pero no dijo nada.
Maharet volvió la cabeza lentamente hasta ver a Thorne, de forma que éste vio sus
ojos (unos ojos humanos), tristes y llenos de sangre, como de costumbre.
—¿Qué puedo darte, Thorne, para serenar de nuevo tu alma? —preguntó Maharet.
Thorne meneó la cabeza. Pidió silencio, no para provocarla sino para rogar que le
escuchara.
Entretanto, Marius se levantó y Pandora y Amadeo hicieron lo propio.
—He reflexionado largo y tendido sobre la cuestión—dijo Marius sin apartar los ojos
de Santino—. No puedo acabar con él si tú me lo prohíbes. No quiero destruir la paz con
esa acción. Estoy convencido de que debemos vivir conforme a unas reglas, so pena de
que todos perezcamos.



—Asunto resuelto —declaró Maharet; el sonido familiar de su voz le provocó a
Thorne un escalofrío—. Jamás consentiré que destruyas a Santino. Sí, te causó graves
daños, lo cual es reprobable, y te he oído describir por las noches tus sufrimientos a
Thorne. He escuchado tus palabras con dolor. Pero no puedes destruirlo. Te lo prohibo.
Si me desobedeces, nadie será capaz de contener a nadie.
—Eso no puede ser —respondió Marius con el rostro sombrío y apenado, mirando a
Santino con odio—. Debe haber alguien que contenga a los demás. Pero no soporto la
idea de que siga viviendo después de lo que me hizo.
Ante el asombro de Thorne, el semblante juvenil de Amadeo mostraba tan sólo
perplejidad.
En cuanto a Pandora, parecía triste y preocupada, como si temiera que Marius no
cumpliera su palabra.
Pero Thorne sabía que la cumpliría.
Y mientras observaba detenidamente a aquella criatura de cabello negro, Santino se
levantó del banco y retrocedió aterrorizado ante Thorne, señalándolo con el dedo.
Pero no fue lo suficientemente rápido.
Thorne envió toda su fuerza contra Santino y éste no pudo sino caer de rodillas y
gritar una y otra vez: «¡Thorne!» Su cuerpo estalló, manó sangre de todos los orificios, de
su pecho y su cabeza brotó violentamente fuego, y Santino se desplomó sobre el suelo
de piedra, retorciéndose mientras las llamas lo devoraban.



Maharet profirió un angustioso alarido de dolor. Su gemela entró precipitadamente en
la inmensa estancia, escrutándola con sus ojos azules para descubrir el motivo del dolor
de su hermana.
Maharet se puso de pie, contemplando el montón de grasa y cenizas que había ante
ella.
Thorne se volvió hacia Marius y observó una débil sonrisa de amargura en sus
labios. Marius lo miró y asintió con la cabeza.
—No es preciso que me des las gracias —dijo Thorne.
Luego miró a Maharet, que no cesaba de llorar. Su hermana la abrazó con fuerza,
implorándole en silencio que le explicara lo ocurrido.
—Es el wergeld, mi creadora —dijo Thorne—. Como se hacía en mis tiempos, me he
cobrado el wergeld o indemnización por mi vida, que me arrebataste al transformarme en
un bebedor de sangre. Me la he cobrado a través de Santino, matándolo bajo tu techo.
—Sí, y en contra de mi voluntad —exclamó Maharet—. ¡Has cometido un terrible
error! Marius, tu amigo, te ha dicho que yo soy la encargada de gobernar e imponer el
orden aquí.
—Si quieres gobernar, hazlo como creas oportuno —replicó Thorne—. No esperes
que Marius te diga lo que debes hacer. ¡Mira tu preciado huso y tu rueca! ¿Cómo vas a
proteger el germen sagrado si no tienes fuerzas para luchar contra quienes se oponen a
ti?
Maharet no pudo responder. Thorne observó que Marius estaba furioso y que
Mekare lo miraba con aire amenazador.
Thorne avanzó hacia Maharet sin apartar la vista de ella. Su suave rostro no
mostraba indicio alguno de vida humana; sus ojos humanos parecían esculpidos en la
cara de una estatua.
—Ojalá tuviera un cuchillo —dijo Thorne—, o una espada, o un arma que pudiera
utilizar contra ti.
A continuación hizo lo único que podía hacer. La agarró por el cuello con ambas
manos y trató de derribarla.
Era como agarrar una estatua de mármol.



Maharet profirió una frenética exclamación. Thorne no entendió las palabras, pero
cuando Mekare le obligó suavemente a soltar a su hermana gemela, comprendió que
había sido un grito de advertencia dirigido a él. Thorne agitó ambas manos, tratando de
liberarse, pero fue inútil.
Esas dos gemelas eran imbatibles, tanto si estaban juntas como separadas.
—Basta, Thorne —gritó Marius—. Es suficiente. Maharet sabe lo que anida en tu
corazón. Conténtate con eso.
Maharet se dejó caer sobre el banco y prorrumpió en sollozos. Su hermana Mekare,
que no se apartaba de su lado, observó a Thorne con recelo.
Thorne notó que todos temían a Mekare menos él, y cuando pensó de nuevo en
Santino, cuando contempló la mancha negra sobre las losas del suelo, experimentó un
intenso gozo.
Thorne se acercó rápidamente a la hermana muda y le susurró unas apresuradas
palabras al oído, unas palabras destinadas sólo a ella, confiando en que comprendiera el
significado de las mismas.
Al cabo de unos segundos, Thorne comprendió que lo había captado. Mientras
Maharet los observaba, perpleja, Mekare obligó a Thorne a arrodillarse. Luego le tomó la
cara y la alzó hacia ella. Entonces Thorne sintió que le clavaba los dedos en las cuencas
de los ojos y se los arrancaba.



—Sí, sí, bendigo esta oscuridad —dijo—, y las cadenas, te lo ruego, ponme las
cadenas. Si no quieres ponérmelas, mátame.
A través de la mente de Marius, Thorne vio la imagen de sí mismo, ciego, tentando el
aire. Vio la sangre deslizándose por su rostro. Vio a Maharet mientras Mekare trataba de
insertarle los ojos de Thorne en las cuencas. Vio a esas dos mujeres, altas y delicadas,
sujetándose mutuamente, una resistiéndose pero sin fuerzas, y la otra empeñada en
llevar a cabo su propósito.
Entonces notó que los otros se habían congregado a su alrededor. Sintió la textura
de sus prendas, el tacto suave de sus manos.
Oyó llorar a Maharet a lo lejos.
Le colocaron las cadenas alrededor del cuerpo. Thorne sintió los recios eslabones y
comprendió que no podía soltarse. Le llevaron más lejos, a rastras, pero no protestó.
La sangre manaba de las cuencas de sus ojos. Lo sabía. Se hallaba en un lugar
desierto y silencioso, encadenado, tal como había soñado. Pero ella no estaba junto a él.
Estaba lejos. Percibió los sonidos de la selva. Añoró el frío del invierno; en aquel lugar
hacía demasiado calor y el perfume de las flores lo abrumaba.
Pero ya se acostumbraría al calor. Y al intenso perfume de las plantas.
—Maharet —musitó.
Thorne vio lo que ellos veían de nuevo, en otra habitación, al mirarse unos a otros,
mientras hablaban en voz baja sobre la suerte de Thorne sin explicarse lo sucedido. Supo
que Marius suplicaba en su favor y supo que Maharet, a la que veía con toda nitidez a
través de los ojos de los demás, estaba tan bella como cuando lo había creado.
De pronto, Maharet desapareció del grupo. Los otros siguieron hablando en la
sombra, sin ella.
Entonces Thorne sintió la mano de Maharet sobre su mejilla. Sabía que era la suya.
Reconoció la suave lana de su vestido. Reconoció sus labios cuando ella lo besó.
—Tienes mis ojos —dijo Thorne.
—Así es —afirmó Maharet—. Veo maravillosamente a través de ellos.
—¿Y estas cadenas están tejidas con tu pelo?
—Sí —contestó Maharet—. Las he tejido yo misma, del cabello a la hebra, de la
hebra a la cuerda, de la cuerda a los eslabones.
—Mi dulce tejedora —dijo Thorne sonriendo—. A partir de ahora, cuando tejas esas
cadenas, ¿permanecerás junto a mí? —preguntó.
—Sí —respondió Maharet—. Siempre.
21.20 h.
19 de marzo de 2000





lunes, 2 de julio de 2012

Para Mekare... II

Derrumbado por lo sucedido retoma en mí un gran impulso…
¡Te amo Mekare! – grito gesticulando de dolor –
El amanecer se aproxima tan rápido como cunde la noche…
Miro mis manos con lágrimas en los ojos, las empuño y corro en dirección hacia donde Mekare desapareció, corro desesperado, la busco volteando hacia todos lados sin cesar.
Cuando en mí se produce una pequeña ansiedad de la desesperación de no encontrarla me decido a no buscar más, pero en mí surge el último suspiro, las ultimas ganas de seguir,
Los primeros rayos del sol se asoman entre los árboles, volteo con gran inquietud y allí sujeta al tronco de un árbol esta ella, sollozando…
Los rayos del sol cada vez se avecinan más brillantes, de Mekare salen un par de hilillos de humo su piel se quema con el contacto de la luz, ¿Qué es esto?
Corrí como nunca la abraza protegiéndola, la tome de las mano y corrí, pero ella al poco tiempo se desvaneció, la tome en mis brazos y a paso fuerte la lleve a su mansión, no supe cómo llegamos, pero así fue.
Dentro la abrace y pose su hermoso cuerpo perfecto en el suelo, sostenía su cabeza con una de mis manos y no soporte.
La besé… Te amo Mekare – Musite - 

Para Mekare... I


Mekare se posa frente a mi, algo extraña la noto.
- Qué pasa Chérie ocurre algo - musité.
Al escuchar esto y mirar correr su lagrimilla pasa por mi un terrible azote; a que se referirá, que me tendrá que decir; esto es lo que pensé.
Perdonar, mentirosa a que se refiere, no comprendo.
¿Porqué? Musité con la más quebradiza de mis voces. 

No entiendo su razón. ¿Porqué Mekare?

Dímelo, anda dímelo. Y todas lo que paso, lo que dijiste no significa nada para ti. Que acaso solo fue ocasional. 
Mi voz se alzaba con el viento a mi favor. Cada palabra salia a gritos de mi boca.
Sin embargo esto se debía mi preciado pecado. La desdicha, la maldita desgracia.
Morir dices... No te burles y mas por alguien que no te ama. Esta vez mi coz se volvió altanera y cruel, pues relucía en mi el egoísmo que recorría mi mente, con una idea que solo tendría que ser mía y de nadie mas.

Y porqué lloras, no deberías estar feliz... Anda vete... 
No vuelvas como dices, mis palabras cedieron a mi quebrantado corazón, el dolor no pudo mas y salio con mis palabras. Vete... Repetí sollozando..

Mirando como se alejaba mis piernas flaquearon y caí al suelo, de mis ojos un torrente de lagrimas callo como una tormenta en medio del mar.
cada vez se alejaba mas y mas.
No por favor, no... No te vallas Mekare no me desahucies.
Entre sollozos quedo solo, realmente solo una vez mas...