21 de septiembre de 1895
Han transcurrido muchas décadas desde que Louis me regaló este librito para que anote en él mis pensamientos más íntimos. No he tenido éxito en la empresa, porque sólo he escrito unas pocas anotaciones, aunque no estoy segura de haberlas escrito en mi provecho.
Esta noche he decidido tomar pluma y papel porque sé en qué dirección va a llevarme mi odio. Y temo por aquellos que han suscitado mi cólera.
Cuando digo aquellos me refiero, naturalmente, a mis malvados padres, mis espléndidos padres, aquellos que me han conducido de una mortalidad hace tiempo olvidada a este dudoso estado de «dicha» permanente.
Eliminar a Louis sería una estupidez, dado que es sin duda el más maleable de los dos.
Louis se detuvo, como si no pudiera continuar.
Observé que Merrick le apretaba con fuerza la rodilla.
— Sigue leyendo, por favor —dijo suavemente —. Debes hacerlo.
Louis reanudó la lectura, con una voz tan suave como antes, y deliberadamente dulce.
Louis hará lo que yo quiera, incluso permitirme destruir a Lestat, lo cual he planificado con todo detalle. Lestat, por el contrario, jamás colaboraría conmigo en la destrucción de Louis. Ésta es la falsa lealtad que le profeso, bajo la apariencia de un amor sincero.
Qué misteriosos somos los humanos, los vampiros, los monstruos y los mortales, capaces de amar y odiar simultáneamente, sin revelar nuestras verdaderas emociones. Miro a Louis y le desprecio por haberme creado, y sin embargo le amo. Pero también amo a Lestat.
En el tribunal de mi corazón considero a Louis más responsable de mi presente estado que al impulsivo y simple Lestat. El caso es que debo morir, o el dolor que siento no desaparecerá nunca. La mortalidad no es sino una monstruosa medida de lo que yo sufriré hasta que el mundo llegue a su fin. Debo morir para que el otro dependa aún más de mí, para que se convierta en mi esclavo. Después recorreré el mundo; haré lo que me plazca; no soporto ni a uno ni a otro a menos que uno se convierta en mi siervo de pensamiento, palabra y obra.
Este sino es impensable con Lestat, dado su carácter indómito e irascible. Este destino parece hecho a medida para mi melancólico Louis, aunque el hecho de destruir a Lestat abrirá a Louis nuevos caminos en el laberíntico Infierno por el que yo transito con cada nuevo pensamiento que me viene a la cabeza.
No sé cuándo ni cómo llevaré a cabo mi plan, sólo sé que me produce un gozo indescriptible observar a Lestat en su ingenua alegría, sabiendo que lo humillaré y destruiré, destruyendo de paso la noble e inútil conciencia de Louis para reducir su alma, si no su cuerpo, al tamaño de la mía.